“Todo, por la sonrisa de un niño”

‘Un pueblo puesto de pie, y decidido a labrar su destino’

 

Si se realizara una encuesta en la que se preguntase al público general cuáles son sus tesoros más preciados es de esperar que la respuesta más recurrente fuera ‘mis hijos’. Es comprensible que para la especie humana la descendencia constituya al menos uno de los motivos, acaso el más importante, que justifica cualquier esfuerzo vital, cuando no, el mayor destino de todo tributo en materia de conquistas y logros.

En sintonía con esa perspectiva, en una época en que la palabra ‘mercado’ ha desplazado a lo transcendente, el afecto y la espiritualidad, como ejes concéntricos de la existencia, se vuelve frecuente la confusión a la hora de escalonar una selección de ‘los verdaderos valores’ de la vida terrenal. Al menos, en estos días, es impensado que exista un criterio unánime, y muy poco probable que se logre una marcada tendencia al identificar al presente con los preceptos de otros tiempos. La inclinación hacia la cultura del ‘hedonismo’, o de un existencialismo vinculado fuertemente a lo material, olvida en el individualismo de sus prácticas la inclusión de los sectores más vulnerables de una sociedad: sus niños y sus ancianos, siempre lo más débiles.

En contraposición con lo expuesto y hasta como por efecto de un fuerte claro oscuro fotográfico, existen innumerables ejemplos cotidianos que se vuelven modelos sociales representados por simples ciudadanos que, a contrapelo de las tendencias, reafirman con sus acciones y luchas una priorización de ‘las virtudes más salientes del hombre’: las prácticas de la solidaridad, del patriotismo, expuestos en actos cuyas generosidades conmueven y devuelven a ese natural estado de esperanza. Es muy frecuente que esos hechos tengan como denominador común un axioma repetido aunque certero y que encumbra lo trascendente: ‘el deseo de legar a los hijos un futuro mejor’, cualesquiera fuera el escenario, familiar, social, o del país, si de él se trata.

En línea con esa impronta, existen referentes que destinan sus horas a proyectar la traza de un recorrido posible que lleve a buen puerto al destino general de los integrantes de toda una comunidad. Y en ese boceto enfatizan dedicar mayor energía y continencia a los más vulnerables, aquellos que por sí solos no pueden, y se convierten en portadores de esas voces que faltas de posibilidad ‘deben ser necesariamente representadas por alguien’.

En relación a ello y desde hace tiempo, en medio de tantas otras nobles causas sociales y ante un fenómeno que conmociona como la desnutrición, que ha cobrado un lamentable protagonismo estadístico, se vuelve una imperiosa necesidad librar una dura batalla que lleve a enfrentarla en forma visceral y, al hacerlo, alerte a toda la comunidad sobre sus consecuencias, para que sea ésta quien predispuesta a sumarse ofrezca sus mejores ímpetus en pos de un combate colectivo que logre derrotarla.

Y allí está él, desde hace 24 años, luchando contra el flagelo y peregrinando la patria con el sólo afán de convertir a la efectiva ‘Metodología Conin’ como ‘una política de Estado’ que, realizada a gran escala impida perder más vidas de niños, o evite generar daños irreversibles en otros, por haber estado desnutridos en los mil primeros días. En la solitaria tarea de sumar voluntades que adhieran a esa gesta, el futuro se vuelve un valor asociado no sólo a nuestros hijos sino a la situación que el país deberá enfrentar en tanto las reservas de su capital humano en lo inmediato, ante un escenario mundial cada día más competitivo: “La mayor riqueza de un país es su capital humano, y si está dañado el país no tiene futuro”, repite el fundador de Conin.

Abel Albino, pediatra mendocino, conocido en el mundo como ‘la Madre Teresa argentina’ sigue fiel y fuertemente arraigado a sus convicciones y persigue como objetivo  ponerle un punto final a la pesadilla social de la desnutrición, cuando no malnutrición. Sabe que Chile pudo hacerlo de la mano de su colega Fernando Monckeberg y, pasados treinta años, logró que el país se consolide con la estadística de desnutrición más baja de América Latina y como el líder de la región en materia de prosperidad económica. Aquella frase pionera “Preservar el cerebro y luego educarlo” se volvió un mandamiento social, más que médico, si aspiraban a modificar el destino del vecino país. El fundador de Conin Argentina complementó la labor de su par trasandino al agregar al programa inicial de Centros de Tratamiento, los Centros de Prevención, reduciendo no sólo el número de niños afectados, sino el costo de atención médico asistencial que demandan los tratamientos para los pacientes ya desnutridos.

Pero a pesar de su intenso recorrido logrado con entrega, que le valió ser reconocido en todo el mundo y galardonado como ‘Órgano Consultivo de las Naciones Unidas’ entre otras distinciones, el mensaje aún no se había extendido lo suficiente. “No alcanza, si no se logra cubrir todo el país y hacer en él una gesta colectiva”, se repetía obsesionado una y otra vez.

Casi como una concesión universal, un buen día aparecieron en la vida de Albino los mosaicistas. Artistas que con su arte tuvieron ‘el don’ de convertir a un simple trozo de material inerte en ‘un fuerte mensaje’ que vivo recorre todas las geografías y como un caro anhelo comunitario se eleva a los cielos.

Fueron ellos los necesarios ‘heraldos’ portadores de la decisión de sumar sus voluntades y contagiar a otros para acompañar la lucha que la ‘Familia Conin’, liderada por Albino, libran a diario en más de 18 provincias argentinas. Se convirtieron en verdaderos megáfonos humanos que reprodujeron con sus obras una oportuna misiva que convoca a la conciencia: ‘luchar por una Argentina Sin Desnutrición’, e hicieron propio el lema. Maestras, docentes, personal no docente, médicos, administrativos, alumnos de jardines de infantes, primarios, secundarios, de escuelas especiales, abuelos en hogares de ancianos, bomberos, empleados estatales, intendentes, y consejos deliberantes, entre otros tantos, se sincronizaron en el conjuro de multiplicar la voz del médico mendocino, como abogado defensor de los más chicos.

Y un buen día ese sueño frecuente del presidente de Conin, se hizo realidad. El mensaje se instaló en forma masiva: ‘Por una Argentina Sin Desnutrición’. Contempla en sus viajes por el país los ‘Murales Conin’, con cientos de manitos que representan a sus autores en el deseo de acompañar su paso. Acaso Abel comprenda aquella frase de Goethe: “Dos viajeros que parten de puntos alejados, se encaminan a igual destino y se encuentran a media jornada, suelen acompañarse mejor que si hubiesen comenzado juntos el viaje”.

Ahora, más que nunca, intuye que está cerca, muy cerca de lograrlo. El médico de profesión, maestro de alma, y con dotes de estadista, sabe que falta poco para llegar a la meta inicial. Habrá sido la recompensa obtenida luego de casi un cuarto de siglo de luchar por esos ‘locos bajitos’. Allá y entonces había comenzado debajo de un árbol. Aquí y ahora peregrina con un cántico compartido, que se repite en un pueblo puesto de pie y decidido a labrar su destino. Identifica a la cura de un chico cuando éste ríe y exhibe sin pudor su alegría. Sabe que el futuro es posible. El universo le permitió escuchar a coro, en las voces de su pueblo, … “Todo, por la sonrisa de un niño”! 

Foto: Revista ‘VIVA’ – Diario Clarín

 *En tributo al Dr. Abel Albino, su institución, y la Familia Conin por su lucha.       **En reconocimiento y gratitud a los artistas, colaboradores, y participantes de la cruzada solidaria ‘Una Manito a Conin’, por su gesta.

                                                                                  Guillermo Daniel Balbi / Periodista  

 

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